Escribas creadores

La mandolina de piedra

Laura Pini

La mandolina de piedra

Cultura

Octubre 24, 2016 09:11 hrs.
Cultura Nacional › México Veracruz
Laura Pini › Los escribas

La mandolina de piedra
Laura Pini
Camino entre tumbas buscando inspiración. Nunca supe cuáles eran tus flores predilectas; por tu nombre supongo que todas. Siempre que voy al cementerio encuentro algo diferente. La tierra se halla cubierta de diminutas margaritas y volátiles plantagos con sus destellos carmesí seduciendo al viento. Una tortolita vuela asustada ante mi presencia. Se ha nublado y disfruto del impávido otoño. Me pregunto por qué no podemos creer sin ver. Salgo y, sentada en la banqueta, observo la gran barda que rodea el panteón. Tengo la encomienda de hacer murales que la cubran por completo. No sé si encontré a mi musa o ella me eligió a mí. Empiezo por el espacio que está a la derecha de la puerta principal. Pinto un cuervo púrpura azulado que surge de la tierra y se remonta hacia un sinuoso ciprés. Enseguida una gran ola de la que sobresalen alcatraces lanza al cielo un gallo con plumas de todos los colores, anunciando el amanecer. Esa ola rompe en tierra con gran fuerza. En medio de la espuma, que semeja un bordado a mano, aparecen un piano, un violín y una mandolina. Luego, madreselvas con pétalos como plumaje de pavorreal crecen por doquier; de ellas surgen burbujas gigantescas que atrapan en su interior jaguares, colibríes y un caballito de mar. Más allá, sobre la tierra, hay una taza de café que libera coralillos al cielo, echa raíces y sepulta cerebros. De una fuente brotan grillos de plata. He llegado a la esquina; en su muro pintarrajeo un desierto. Las luciérnagas revolotean en espiral. Retorno al panteón y deambulo descalza por las callecitas con nombre y sin él observando no sé qué. Los huizapoles se pegan a mis pies. Recuerdo cuando herían mi piel. En una encrucijada hay un pájaro negro muerto. También encontré una cruz rota. Debo ir al otro lado del panteón. Prefiero enredaderas plasmadas en las paredes que vivas plantas moribundas. Estoy de nuevo frente a la tapia. Le agrego al desierto un cristo sin brazos ni pies sobre una cruz dorada y cuatro ángeles enmohecidos. Sigo cubriendo de arena la cara lateral; pongo unas huellas pequeñas que se desvanecen frente al mar. A su lado vuela una niña con alas translúcidas como las de una libélula; el etéreo vestido dorado pálido apenas deja ver los dedos de sus pequeños pies; de ellos caen lágrimas que mojan la arena y de los charcos que se han formado emergen tetraedros rosas y azul rey. Las tristes notas de una mandolina llegan del cementerio y entonces las agrego al mural. Empieza a llover, mis alas de libélula se desdibujan y las transformo en las evanescentes alas verdes de un ángel. La tormenta arrecia y caen granizos enormes. Por la mañana los pinto, y en su interior se observan girasoles, nochebuenas, hojas de mariguana. En medio destaca una escalera cuyos peldaños están formados por letras. Adelante crecen árboles de cuyas ramas de fuego penden relojes de hielo con manecillas de tierra carmesí que desmarcan las horas, los minutos y segundos al irse derritiendo. Al llegar a la siguiente esquina dibujo a un anciano con los brazos extendidos al firmamento; en las manos tiene unas pirámides rodeadas de nubes. Bajó él, con la puerta abierta, se observa una jaula cuyos barrotes son cruces revestidas de diamantes. Ese día sepultaron a un nonagenario. Regreso al camposanto. El guardia ya me conoce. ¡Buenos días niña Flora! Prosigo con mi caminata habitual entre las tumbas. En una columna gótica está un gallo de piedra que nunca cantó. Asimismo de piedra hay un cristo sin brazos ni pies, cuatro ángeles y una cruz rotos. Un violín y una mandolina tallados en la roca decoran un sepulcro. Plantas de aceitilla, mariposas y abejas se ven por doquier. Traje crisantemos amarillos y te leo un cuento. Recuerdo cuando aprendiste a tocar la mandolina en la estudiantina de la escuela y llevábamos serenatas en noches de primavera. Bajo los tibios rayos de un sol de otoño, en la vieja lápida de la que germina una enredadera sombría, resplandece mi nombre. La planta guía se desliza hasta alcanzar el exterior para formar parte del mural que ahí se encuentra: una suave silueta femenina con un vestido de reflejos dorados lee un libro de cuentos sentada sobre una nevada tumba. La hiedra de hojas negras que rodea la cripta en sentido contrario a las manecillas del reloj se enreda en sus pies.

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